Estoy llevando un diplomado de finanzas y estamos viendo lo referente al Balanced Scorecard. Queda claro que se trata de una herramienta valiosísima para el monitoreo de las estrategias de una organización. Sin embargo, lo que más se me ha pegado de este curso es el balanced del profesor. Nos comentó que esta herramienta primordialmente empresarial también puede aplicarse para el monitoreo de los objetivos de uno mismo. ¿Qué? Claro. La mayoría de las personas tienen objetivos en la vida -digo la mayoría porque he conocido casos en que, de verdacito, no es así-, pero ¿tenemos claro de cómo vamos a llegar a esos objetivos? ¿cómo sabemos si estamos avanzando? A primera impresión me pareció que el profesor estaba exagerando en el asunto, pero a medida que nos contaba la manera en que había armado su balanced, y nos lo mostraba, la verdad me iba quedando bastante claro y convincente. Sus objetivos estaban clarísimos y todo estaba conectado de tal forma que era irrefutable su consistencia. Genial.
En los últimos días he estado dándole vuelta a la idea de armar mi propio balanced, sin embargo, me topo con un pensamiento que siempre he tenido claro: no me gusta planear todo. Es decir, me emociona la idea de dejar algunas cosas al azar, así, la vida me puede deparar cosas que jamás hubiera esperado, que tal vez no consideraba lo mejor, pero al momento de que ocurren, es lo máximo. Entonces, ¿qué tengo que hacer para conjugar estas dos posturas que me apasionan por igual? Quiero cumplir con mis objetivos en la vida, pero es posible que los mismos correspondan a mi actual acotada visión y tal vez existan cosas que simplemente desconozco y que me puedan dar una felicidad distinta a la que conozco. Si me pongo objetivos en base a lo que actualmente percibo y entiendo siempre estaré ligado a esa línea y es posible que me pierda aristas de la vida que por ahora están fuera de mi alcance. Sigo pensando.